martes, 9 de octubre de 2012

Me estreno en este espacio con un escrito- reflexión que  publiqué en una revista local de Mérida (Voz Emérita) que, como no, ya desapareció con la crisis.             El escrito es de Octubre del 2008 cuando "todo esto" estaba empezando:  




Casi todos  hemos dicho alguna vez o al menos hemos oído aquello  de          “ La experiencia es un maestro muy caro”. Nada  como el vivirlo en primera persona nos sirve para   aprender algo. Ese casi paradigma  popular, aunque, como no, puesto en entredicho por muchos  “pensadores”,  casi todos  lo aceptamos como una gran verdad y no menos cierto es  aquello de “los tropiezos son lo mejor para llegar al buen andar”.
En otras palabras  son la experiencias mas dolorosas y duras de las que mas aprendemos.
Esta actitud inmersa en lo mas profundo de las “personas de a pie”, resulta bastante evidente en el devenir de lo pueblos y civilizaciones que conocemos a través de la historia.. 
El gran paso adelante que supuso el Renacimiento para la cultura, ciencia,  arte,  filosofía, pensamiento y estructura social, resultó decisivo para la llegada del Mundo Moderno del que todavía somos herederos en gran parte de los valores de la actual  sociedad occidental.
La paradoja es que este maravilloso florecimiento se llevo a cabo en un entorno  aparentemente poco favorable,  guerras interminables como la los “cien años”, la peste que  se había llevado por delante a uno de cada tres europeos, hambrunas, crisis del feudalismo, estructura social durante casi un milenio, la corrupción escandalosa  de la jerarquía de la Iglesia, única depositaria de la moral y el conocimiento  y  que resultó  el detonante de la Reforma y el  Misticismo, son solo algunas de las experiencias que les toco vivir a los europeos  en este “brillante periodo” de nuestra historia.
Estas “crisis profundas” han sido en otros muchos casos el detonante de importantes avances para la humanidad, cuando en contra, de los diversos y siempre conservadores sectores del poder, la sociedad  apostó por “renovarse o morir”.
Creo que el clima de pesimismo que a nuestra privilegiada sociedad actual le provoca la actual crisis financiera,  que no de la economía real, y fruto de  las  desmesuradas acciones a que lleva la avaricia  de unos pocos “señores del dinero”,  podría ser motivo de reflexión para una sociedad como en la que vivimos  basada en unos valores  difícilmente sostenibles a medio  y no digamos a largo plazo.
Como siempre los “grandes responsables “ se aferran  a mantener  lo viejo como la mejor manera de conservar sus privilegios.
Si queremos un mundo mejor para todos,  hay que buscar alternativas que  desde luego no podemos esperar de las actuales estructuras  que rigen la “aldea global del dinero, que no de las personas”
Este aprender del sufrimiento tan evidente en lo social resulta casi siempre igual de valido  para la vida individual.
El ser capaces de ver tras la maraña  que suponen obstáculos  y sufrimientos  que alguna, o muchas veces, la vida  nos depara,  suponen  también “señales” que nos pueden servir para replantearnos la vida que hasta ese momento hemos llevado y que en lo mas profundo sentimos como algo que se nos ha dado y de la que rara vez somos “protagonistas”. 
Enfermedades como el cáncer, muertes inesperadas, desengaños sentimentales, problemas económicos que cuestionan nuestro rutinario vivir, son no pocas veces el acicate que  muchos han necesitado para buscarse  a si mismos,  que es la mejor  manera de encontrarnos con los demás, y valorar de forma algo mas lucida lo que realmente queremos para nuestras vidas, cómodas y rutinarias pero casi siempre marcadas por la infelicidad y el vacío interior. Ese camino es de “cada uno” pero   la mayor parte de los que lo emprenden  dicen que aunque  duro  si se tiene constancia,  realmente“ merece la pena”.

Lorenzo de Lemus

Merida a 12 de Octubre de 2008

1 comentario:

  1. La Guerra del fútbol

    Comienzo confesando que me considero un buen aficionado al deporte, y de entre ellos el fútbol es sin duda mi favorito, con ello es fácil deducir que he seguido con interés el pasado mundial y especialmente a la selección española que por su juego ha sido justa merecedora del triunfo.
    Ahora que la fiebre de la epopeya de “la roja” empieza a bajar un poco el tono, vuelvo a reflexionar sobre el papel que el deporte en general y el fútbol en particular juega en la sociedad actual.
    Resulta cuando menos curioso las alusiones y semejanzas que nuestros políticos hacen al fútbol y el “futbolerismo” en sus declaraciones y opiniones. Supongo que en gran parte se debe a que el lenguaje de el “deporte rey” es fácil de entender por casi todos, y resulta muy socorrido para conseguir que llegue de forma clara a la gran mayoría de los ciudadanos. Utilizar el contraataque, tener una actitud defensiva o estar en fuera de juego, son expresiones muy socorridas para llegar a una gran parte de la gente, que es de lo que se trata.
    Cuando se está familiarizado con el lenguaje del periodismo deportivo es fácil apreciar la frecuencia con la que se usa la terminología bélica en los mas variados medios: estrategia y táctica, ataque y defensa, marcar o “secar” a los jugadores claves del “enemigo”, luchar, “ir a muerte”, juego subterráneo, son solo algunos ejemplos que están cada día en los “mentideros” y medios de comunicación cuando del fútbol se trata.
    La intolerancia con las decisiones del juez (arbitro) de la “contienda” cuando son contrarias al equipo propio y la comprensión cuando son a favor, es otra muestra mas del “fairplay” que se supone debe presidir este deporte entre caballeros.
    Pero, tras este pequeño repaso sobre el lenguaje y las actitudes con respecto al juego, creo aun mas interesante la utilización que de los resultados, sobre todo cuando son buenos, se hace desde los mas diversos ámbitos económicos, sociales y políticos.
    Que el hecho de estar en primera o tercera división sea un baremo para valorar la población a la que pertenece el equipo; que haya equipos que se identifiquen con una nacionalidad y otros que lo sean con el poder central, o que ser campeón del mundo o quedar eliminado en la primera fase sea trascendental para al país al que representa la selección, resulta cuando menos sorprendente, especialmente cuando muchas de los grupos sociales a los que pretendidamente representan se enfrentan a problemas que en muchos casos pueden ser de supervivencia.
    Cuando uno se para a observar con un poco de distancia este fenómeno social, que aceptamos como “normal”, puede llegar a explicarse hechos históricos como el que el gran maestro del periodismo Ryszard Capucinski nos relata en su libro “La Guerra del fútbol”, en el que recoge la crónica de los cinco días de cruentas luchas y saqueos entre Honduras y El Salvador, dos de los países mas pobres del planeta, y que se produjeron con el aparente motivo de una serie de partidos de fútbol entre las selecciones de ambos que buscaban clasificarse para la Copa del Mundo.

    Lorenzo de Lemus

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